Monday. Parte 2
El sudor hacia cosquillas en la parte de atrás de mi cuello mientras
caminaba hacia la primera avenida. Excepto por haber quedado atascada con
el sobre apestoso, las cosas habían ido
bien en Elliot Bay Books. Ninguno parecía sospechar la verdad. Todos tuvieron
su libro firmado y la promesa de que el siguiente estaba en camino. “Mantén a
los lectores felices” mi madre siempre decía. “Sin los lectores, ¿Dónde
estaríamos nosotras?”
Lector o no, ese chico con la capucha seguro que había sido raro. Yo debería haber sido más contundente, debería haber empujado el sobre de vuelta a sus manos- no debería haber sido tan dulce. Mi madre siempre es dulce, la cual es una de las razones por las que la reina del romance vive en un viejo edificio de apartamentos de cuatro piezas y no en una finca como sus lectores se imaginan. ¿Le gustaría invertir en una granja marina en Vermont? Seguro. ¿Están recaudando dinero para búfalos huérfanos? ¿Cuanto necesitan?
Si tú atrapabas a mi madre durante uno de sus hechizos, tú podrías convencerla de que cualquier cosa era una buena idea.
Lector o no, ese chico con la capucha seguro que había sido raro. Yo debería haber sido más contundente, debería haber empujado el sobre de vuelta a sus manos- no debería haber sido tan dulce. Mi madre siempre es dulce, la cual es una de las razones por las que la reina del romance vive en un viejo edificio de apartamentos de cuatro piezas y no en una finca como sus lectores se imaginan. ¿Le gustaría invertir en una granja marina en Vermont? Seguro. ¿Están recaudando dinero para búfalos huérfanos? ¿Cuanto necesitan?
Si tú atrapabas a mi madre durante uno de sus hechizos, tú podrías convencerla de que cualquier cosa era una buena idea.
El sol llegaba sobre mis pies mientras esperaba que la luz para cruzar
la calle cambiase. El mango de la bolsa de compras presionaba contra mis dedos.
Un grupo de turistas en el Tour subterráneo de Seattle pasaron cerca. Un grupo
de hombres sin hogar sentados en mantas, muchos perros a sus lados. Necesitaba
detenerme por la oficina postal antes de ir a casa. Y no había echo ninguna
compra en la tienda en una semana. La luz cambia. Con un ansia repentina por un mocca helado, busque con
la mirada el puesto de expresos mas cercano
y me dirigí directo hacia el. Un repartidor de UPD casi tropezó conmigo
mientras cargaba por la acera. Empujando un carro de mano repleto de cajas
marrones, se movió entre una pareja de conversadoras señoras. Luego, cuando se
dirigió por una esquina, una pequeña caja callo de su carro.
La pequeña caja yacía en la mitad de la acera. Nadie la tomo, nadie la
miro incluso. Podría haberla ignorado, podría haber tomado mi mocca y haber
continuado con mi camino. Pero las cajas pequeñas pueden contener increíbles
sorpresas y seguramente alguien estaba esperándola. El repartidor había
desaparecido, por lo que recogí la caja. Dándole la vuelta, leí la etiqueta y
encontré, media cuadras mas arriba, su destino – Antigüedades Lee.
Odio las tiendas de antigüedades. El mas pequeño signo de una me da nauseas.
Es una clase de cosa Pavloviana. ¿Por qué esta reacción? Porque siempre que mi
madre decía, “Vamos, vamos a ir a ver antigüedades”, yo sabia que ella estaba
entrando en otra de sus temporadas.
Eso es de lo que se tratan los desordenes bipolares, estas temporadas de súper hiperactividad o destructiva depresión. Con frecuencia, justo antes de que ella
Eso es de lo que se tratan los desordenes bipolares, estas temporadas de súper hiperactividad o destructiva depresión. Con frecuencia, justo antes de que ella
consiguiera estar toda herida y adquiriese una “velocidad-de-la-luz”
intensidad ella conseguiría esta urgencia por coleccionar. Por lo que ella me
arrastraría a polvorientas, horribles tiendas de antigüedades para hurgar por
cosas que añadir a su surtida colección.
Yo tendría que arrastrarme bajo una decaída mesa de comedor y leer de
una caja llena de moho Revistas de vida
mientras ella buscaba por el último articulo que desesperadamente “necesitaba”.
Luego yo tendría que seguirla a casa, cargando una caja de tazas de té chinas o
un bolso con bisuterías o uno de esos estúpidos gnomos de jardín, sabiendo que
a lo largo de los siguientes días ella estaría perdida para mi, su mente
atrapada como un pez retorciéndose en una red.
Y entonces, una noche, ella me olvidó, me dejo detrás en la tienda de antigüedades mientras se fue corriendo para encontrar la ultima taza de te azul que haría su colección completa. Demasiado avergonzada como para decirle al dependiente, me quede escondida bajo la mesa de comedor hasta que la tienda cerro. Una vez que el dueño se fue, use el teléfono de la tienda y llame al Sr.Bobot. Luego de escalar fuera por la ventana trasera, espere en la oscuridad por las luces del Sr.Bobot para que aparecieran como balizas de rescate.
Esa no fue la única vez que mi madre se olvido de mí. Trato de no indagar en esto pero ciertas imágenes se adhirieron a mi memoria, como largas esperas en los escalones de la escuela, una puerta cerrada sin una llave dejada atrás, un apartamento vacío sin una nota. Una noche completamente sola, sin saber donde estaba ella.
¿Cómo se supone que una niña resolviera eso? Días de abrazos y de preparar magdalenas, de risas y cuentos para dormir, luego días de silencio sofocante y ausencia. Mi madre había vivido la mayor parte de su vida sin un diagnostico, por lo que, hasta hace un par de años, no teníamos un nombre para lo que estaba mal con ella. Como no había una enfermedad a la que culpar cuan do era pequeña, se me ocurrió mi propia respuesta- Yo había echo algo mal. No había echo la cama correctamente. No había dicho las cosas correctas. No había sido lo suficientemente linda o lo suficiente inteligente o lo suficiente dulce. Era mi culpa el haber sido dejada en la tienda de antigüedades.
Y entonces, una noche, ella me olvidó, me dejo detrás en la tienda de antigüedades mientras se fue corriendo para encontrar la ultima taza de te azul que haría su colección completa. Demasiado avergonzada como para decirle al dependiente, me quede escondida bajo la mesa de comedor hasta que la tienda cerro. Una vez que el dueño se fue, use el teléfono de la tienda y llame al Sr.Bobot. Luego de escalar fuera por la ventana trasera, espere en la oscuridad por las luces del Sr.Bobot para que aparecieran como balizas de rescate.
Esa no fue la única vez que mi madre se olvido de mí. Trato de no indagar en esto pero ciertas imágenes se adhirieron a mi memoria, como largas esperas en los escalones de la escuela, una puerta cerrada sin una llave dejada atrás, un apartamento vacío sin una nota. Una noche completamente sola, sin saber donde estaba ella.
¿Cómo se supone que una niña resolviera eso? Días de abrazos y de preparar magdalenas, de risas y cuentos para dormir, luego días de silencio sofocante y ausencia. Mi madre había vivido la mayor parte de su vida sin un diagnostico, por lo que, hasta hace un par de años, no teníamos un nombre para lo que estaba mal con ella. Como no había una enfermedad a la que culpar cuan do era pequeña, se me ocurrió mi propia respuesta- Yo había echo algo mal. No había echo la cama correctamente. No había dicho las cosas correctas. No había sido lo suficientemente linda o lo suficiente inteligente o lo suficiente dulce. Era mi culpa el haber sido dejada en la tienda de antigüedades.
Mas tarde, esa misma noche, luego de que mi madre regresara al
departamento, me deslice a la entrada y mire como el Sr. Bobot le daba un
regaño. “Si la policía hubiese encontrado a Alice en esa tienda de
antigüedades, a esta hora tan tarde, ellos podrían haber llamado a servicios de
protección de menores. Por el amor de dios, Belinda, Alice podría haber sido
llevada lejos.”
Alice podría haber sido llevada lejos.
Alice podría haber sido llevada lejos.
Desde ese momento en adelante, no le dije a nadie que mi madre desaparecía.
“Mama es en la bañera, ella no puede ponerse al teléfono” yo decía. O “Mi mama
tiene migraña. ¿Quiere dejar un mensaje?” No le decía a nadie cuando mi madre
no podía manejar el hacer la cena, o no podía salir de la cama. Aprendí a ir a
la tienda de comestibles. Aprendí a hacer el lavado. Aprendí como protegernos a
ambas.
Aprendí a esconder la verdad.
Asique allí estaba yo de pie fuera de antigüedades Lee en ese caluroso
dia en Julio, sosteniendo esa pequeña caja y una bolsa de compras con un sobre
color manila que olía como jugo de almeja. Desde la acera, la tienda Lee no
parecía como las tiendas de antigüedades de mi niñez. La puerta estaba pintada
de rojo cereza, con un pilar dorado a cada lado. Y la imagen en la ventana de
la tienda tenía una colección de coloridos objetos: una armadura, un buda
sonriente, un tapete medieval. El sol erizo mis hombros mientras trataba de
decidir que hacer: dejar la caja en el escalón de entrada y evitar completamente
la tienda, o enfrentarla.
Entonces fue cuando lo note. Atisbando por la ventana, mas allá de la
cabeza de piedra de buda, un skate inclinado contra un mostrador.
Un skate amarillo con un dragón rojo.
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